jueves, 9 de junio de 2016

Un lugar donde descansar

En nuestras manos encerramos el tiempo,
atrapando los minutos para convertirlos en eternos.
No existía ya nada más que nuestras miradas,
como faros solitarios en medio de un naufragio.
Te aferrabas a mis brazos hasta convertirlos en anclas
mientras el mundo entero desaparecía en tu mirada.
Solamente existías tú, entonces, para siempre,
como la única certidumbre incuestionable.
Y caían los segundos en mi espalda
al compás de unos besos infinitos
que llovían como rocío sobre mi alma.
Has puesto en pie una casa entera para acogerme,
cálida y nuestra, inventada para nosotros de la nada.
Ahí deseo olvidarlo todo, perdonarlo todo
y dormirme, la noche envolviéndonos,
con la dulzura de tu mirada como único consuelo.

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