En nuestras manos encerramos el tiempo,
atrapando los minutos para convertirlos en eternos.
No existía ya nada más que nuestras miradas,
como faros solitarios en medio de un naufragio.
Te aferrabas a mis brazos hasta convertirlos en anclas
mientras el mundo entero desaparecía en tu mirada.
Solamente existías tú, entonces, para siempre,
como la única certidumbre incuestionable.
Y caían los segundos en mi espalda
al compás de unos besos infinitos
que llovían como rocío sobre mi alma.
Has puesto en pie una casa entera para acogerme,
cálida y nuestra, inventada para nosotros de la nada.
Ahí deseo olvidarlo todo, perdonarlo todo
y dormirme, la noche envolviéndonos,
con la dulzura de tu mirada como único consuelo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario