Siento tu miedo en mi espalda
como una carga que me dobla,
repentino viento del norte
que espanta el calor y apaga las llamas.
Vienes de pronto hasta mi casa,
llena de risas y cantos,
huyen entonces las sombras
que han construido esta casa
durante siglos, silenciosas,
en el medio de mi alma.
Y también te escapas,
atemorizada como una golondrina,
sin previo aviso, temblando,
dejándome el olor a muerte
entre mis sábanas blancas.
Yo te amé antaño, inconsciente,
como se ama todo cuanto es bello,
con la urgencia de un presente eterno.
Déjame ahora volver al pueblo de nuevo.
Llevo un ramo de flores rojas,
sedientas y furiosas como mis besos.
Anudaremos los recuerdos en un hermoso racimo
que decorará las noches del verano
mientras escuchas el mar, lejano,
cantando canciones imaginarias
de amores cercanos.
Revoloteas extrañada y esquiva,
mi mariposa fugaz y herida.
Quisiera juntar mis manos con las tuyas,
cerrar los brazos y cobijarte.
Pero no puedo, no puedo.
Te vas como la noche,
en silencio y temblando,
perseguida por miles de sombras
que te arrastran a una soledad sin remedio.
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