Pueden pasar los años,
como perezosos caminantes en fila,
repetidos como un sonido hueco en un pozo,
lúgubres peregrinos hacia su meta.
Lo que no ha perecido es nuestro amor,
adormecido en una tarde de estío,
tierno como el deseo de un niño.
Pudo separarnos la vida,
enredando con sus despiadados dedos,
confundiendo el norte y el sur,
los caminos y los senderos.
Lo que no puedo es olvidarte,
ni sin querer ni queriéndolo.
Pudimos juntar nuestro destino
con el primer desconocido
que nos enredaba los pasos,
pequeños cristales brillantes
tintineando sin descanso,
y dejarnos llevar a una vida tranquila,
y hasta triste, ¡insensatos!,
sin ser conscientes del daño.
Pero no podremos reprimir las risas
cuando estemos mano con mano,
regresando juntos por nuestro viejo camino
de lunas de plata, bordeando lagos.
Podemos olvidarnos del mundo,
ser viejos inclinados por el dolor infinito
y tener la mirada de cristal opaco
y perdernos en mil recuerdos sin dueño,
vencidos y asustados.
Pero jamás seremos dóciles ni mansos,
jamás perderemos el relámpago,
el corazón galopando,
la música en el alma
y la necesidad de amarnos.
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