jueves, 2 de junio de 2016

Domingo

En esta absurda tarde de domingo
todo parece durar de pronto un segundo.
El beso, el abrazo, un instante fugaz.
Tu risa, que aún recuerdo como antaño,
es ya un segundo del pasado.
El paseo junto al mar,
con las aves en silencio
y el aire congelado en las nubes,
blancas, como un brochazo sobre las colinas,
también me parece ahora un segundo tan solo.
Solamente tu dolor, amor mío,
resulta ahora eterno,
y las lágrimas que saltaban sobre tus mejillas
como si no fueran a desaparecer nunca.
Y mi soledad, también es eterna ahora.
Va recobrando todos sus reinos, 
irguiéndose vencedora
en una lucha desigual e injusta.
Como eterna me parece también esta distancia
que nos convierte en sombras, lejanos recuerdos
de una era gloriosa.
Ahora somos la nada absoluta, fría y estéril.
El eco sin vida, una simple añoranza.
Y sin embargo, no quiero renunciar a nada, ¡aún no!
¿Cómo podría ahora vivir de nuevo sin tu risa?
No, ya no puedo. Mis fuerzas,
las que aún resisten, me empujan todavía a ti.
Pero no sé contra qué lucho,
me has dejado sin meta ni enemigo.
Siento que debo salvarte, amor mío,
y en ello empeñaré mi vida.
Siento frío, de repente,
no escucho más que gemidos,
y la noche avanza, hambrienta,
dispuesta a comerse mi alma.
¿Quién puede resistir tanta hambre?
Espera, espera, no te vayas
aguarda, amor, amada, compañera.
no podría ya vivir de otra manera.

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