Capítulo primero: Homeward Bound
Cuando María le telefoneó aquella mañana al trabajo, poco podía imaginar el vuelco que iba a provocar en la monótona vida rutinaria de Jorge.
- “Perdona que te moleste, a estas alturas, te parecerá increíble, pero estaba buscando unas fotografías de Ferrol y alguien me comentó que conocía el trabajo de un buen fotógrafo. Y resulta que eras tú”
Así fue como comenzó todo. Una casualidad remota, una concatenación de acontecimientos volvía a reunir a María y a Jorge. Después de veinticinco años en los que no habían cruzado ni una palabra. En los que tan sólo habían tenido noticias por medio de terceras personas.
Puesto a poner en orden las cosas, algo que necesitaba tanto casi como respirar, Jorge, cuando pudo reflexionar sobre todo ello, estableció como punto de partida un anónimo día del año 2006. Por entonces, con su divorcio aún chorreando tinta en los papeles, aburrido y sin mucho dónde elegir, Jorge recordó que ya de joven se había sentido atraído por la fotografía. Afición que dejó de lado cuando su vida se fue volviendo gris; y afición que olvidó por completo cuando la crisis de los cuarenta lo transformó en un autómata sin alma. Pero ahora, abocado a la soledad, Jorge buscaba una ocupación que le mantuviera despierto y justificara de alguna manera el salir de casa. Tuvo que reconocer que, con los avances tecnológicos, la fotografía era un pasatiempo más asequible que antes, con la posibilidad de revelar las fotos al instante sin dependencias extrañas. Así, pues, Jorge decidió entregar sus fuerzas al arte fotográfico.
Jorge adquirió una cámara modesta, Kodak, y comenzó a experimentar con los colores, las luces y las sombras. Ignorante de técnicas y programas de fotografía, torpe y testarudo autodidacta, Jorge salía cada tarde a fotografiar cuanto veía: pareces coloridas, ventanas, gatos, barcos regresando al puerto, gaviotas, paisanos…; no había orden, ni temas, ni planes. Solo las ganas de hacer algo, de ocupar su tiempo, de ser creativo.
El paso de los años, su vinculación con otros fotógrafos aficionados y la mejora progresiva de su equipo convirtieron a Jorge en un fotógrafo amateur bastante decente. No es que fuera a ganar ningún premio con su trabajo, pero el salto de calidad respecto a su comienzos era evidente, además de contar ya con los mínimos conocimientos técnicos para poder salvar algunos escollos funcionales.
Poco podía imaginar Jorge que esa afición, impuesta casi por necesidad, terminaría en el reencuentro con su antigua novia de universidad. Pero tampoco María hubiera podido imaginar que esa llamada inocente le haría revivir unos años perdidos en el tiempo, pero no en la memoria.
- “No te preocupes, esta tarde busco algunas fotos y te las envío por correo. Espero que te sirvan, que sean lo que estás buscando”
- “Cusi, sabiendo que son tuyas sé que es lo que estoy buscando. Te conozco y sé que cuando pones el alma en algo, eres el mejor”
De este modo, comenzaron a pasarse correos, esa misma tarde, donde poco a poco, casi sin querer, iban dejando de lado las primeras precauciones y recelos. En nada, descubrieron que estaban desvelándose confidencias, reanudando lazos y compartiendo recuerdos como si no hubieran dejado de verse más que un par de noches. Para Jorge, recuperar el contacto con María, sentirla tan cercana, le parecía una especie de milagroso regalo del destino. ¿La vida le daba una segunda oportunidad? No quería imaginarse nada, ni soñar siquiera. Pero Jorge era un idealista después de todo, de esas personas a las que la realidad puede ahogar sin remedio, por lo que se defendía de esos peligros con una prodigiosa dosis de ilusión, inocencia y torpeza. Y como en sus sueños sólo se imponía el límite de su imaginación, todo se volvió de pronto un batiburrillo de imágenes, recuerdos, deseos e ilusiones, mezclándose sin orden y revolviéndose vigorosamente en su estómago, sacudido por una bandada de cuervos hambrientos.
Para María, esa llamada la había puesto en una situación inesperada y peligrosa. Estaba casada, era madre de dos hijos a los que adoraba, tenía también como marido a un buen hombre, trabajador, honesto y que la amaba sin reservas. Pero ahí estaba Jorge, al otro lado de su pantalla de ordenador. Y Jorge era su amor de juventud, su mejor amigo entonces, su compañero inseparable, la persona con la que había forjado su personalidad y sus aficiones. Y volvía ahora y le hablaba con una voz llena de cánticos, de rincones comunes, de aromas y de frutas olvidadas. María se sentía de pronto joven, alegre, viva y libre. Ante tanta confusión, frente a esa explosión de sentimientos, impulsada por un sentido del deber implacable, dispuesta a sacrificarse por amor a los demás, María decidió que lo mejor era cortar de raíz.
- “Cusi, no debemos seguir hablando. Esto debe cesar”
Capítulo segundo: Stumblin’In
Era verano. Una tarde como otra cualquiera en vacaciones. Jorge, tras una ruptura sentimental, se encontró de pronto solo, sin sus amigos de siempre, embarcados, ellos sí, en unas relaciones que prometían durar en el tiempo. Sin gran cosa que hacer, iba de un lado a otro ocupando sus días, buscando un espacio y un momento en el que se sintiera a gusto. Un día, supo de una especie de fiesta, en casa de un amigo, no lejos de la suya. Camino del cuarto piso, acompañado por un conocido, en mitad de las escaleras, parada en un rellano, hermosa como una aparición, se cruzó con María. Le llamó la atención al instante mismo su belleza extraña, de extranjera, pero arrebatadora. Sin poder controlarlo, le regaló una sonrisa clara y fresca, irrefrenable, llena de sorpresa y fascinación. Incluso a él le sorprendió esa espontaneidad inusual. Ella sonrió también y desapareció entre las vueltas de las escaleras.
-“¿Quién era esa chica?”, preguntó Jorge a su compañero.
- “Se llama María, a veces viene con nosotros, no mucho, solo algunas veces”
Esa tarde, Jorge no pudo sacarse a aquella desconocida de la retina. Una y otra vez volvía a aparecer en la escalera, misteriosa y hermosa, tan inaccesible, pensaba él, como un espejismo.
Los días posteriores, Jorge no dejó de frecuentar a aquél grupo de jóvenes con los que, algunas veces, solo algunas veces, compartía su tiempo María. Y así fue como más tarde, un día sin fecha, volvieron a encontrarse. Ella no se fijó en Jorge, pues tampoco es que fuera una persona especial, que llamara la atención a primera vista. Delgado, muy delgado y bajo, muy bajo, Jorge no era especialmente atractivo para las mujeres. Solo una mirada profunda, brotando inquieta de sus ojos oscuros podía dar alguna señal de lo que había detrás. Además, aparentaba ser mucho más joven en edad de lo que realmente era, de manera que si no enseñaba permanentemente su carnet de identidad, las chicas de su edad pensaban que era un niño que se había incrustado en el grupo por equivocación. Pero él sí que se había fijado en ella. Por eso estaba ahí.
Para apreciar a Jorge había que conocer su interior. Ahí si que brillaba algo diferente. Porque Jorge, aunque no lo sabía, era un poeta. Nunca se contentaba con la realidad de las cosas, el mundo se quedaba pequeño y triste y gris a sus ojos. Sin querer, pero también sin poder evitarlo, decoraba a personas y cosas, situaciones y rincones con una desbordante dosis de irrealidad, de belleza, de profunda tristeza y de dolor. Jorge era, sin saberlo, un ser destinado a sufrir. Muchos años más tarde, con la muerte lejana de un ser odiado durante toda su vida, por fin descubriría su propia identidad.
Pero esa tarde, en silencio, a Jorge tan solo le preocupaba permanecer cerca de María. Se sentía atraído por ella de un modo extraño, nuevo y profundo. Era un hechizo, no tenía sentido. Y quizá la única explicación era que aquella mujer le parecía salida de otro mundo. Nunca había conocido a nadie así. María tenía un rostro fuerte, de facciones angulosas, que delataba un espíritu decidido, con una seguridad más fuerte de la que debería, por su edad. Destacaban sus ojos verdes, relucientes como luceros y sus labios carnosos, que destacaban aún más por nacer de unas mejillas muy delgadas y profundas. Era flaca, no muy alta, y resultaba imposible no admirar aquella silueta medio de niña y medio de mujer fatal.
Así que si caminaban hacia algún sitio, él procuraba aparecer a su lado; si se sentaban, hacía lo posible por hacerlo junto a ella. Así fue como, durante una partida de cartas, sentado a su izquierda, Jorge se vio pasándole los naipes que sabía le hacían falta. Al principio, ella no se dio cuenta del regalo y se alegraba inocentemente de lo bien que le estaba yendo la partida. Pero fue inevitable que advirtiera lo insólito de tanta buena suerte. Entonces, girándose y mirando a Jorge directamente a los ojos, le preguntó: “¿Por qué me estás ayudando?” No fue un reproche, solo sorpresa sincera. Jorge, aturdido, se limitó a sonreír.
Fue pasando el verano y para Jorge toda su preocupación se redujo a intentar conocer mejor a esa mujer. Supo así que si no la veía tan a menudo como hubiera deseado era porque estaba pasando el verano a veinte kilómetros de Ferrol, con su familia, como hacían cada año entre junio y septiembre. Pero casi sin querer, cada vez que ella venía a Ferrol, los momentos en que estaban juntos se hacían más frecuentes y pronto esos momentos eran ya solo de ellos dos, sin más compañía que sus confidencias y el vuelo de las aves. Ella volvió en septiembre y sus encuentros ya fueron diarios.
Si un problema tenía Jorge entonces, y sigue teniendo, era su terrible timidez, capaz de paralizarlo y bloquearlo como una poderosa llave de judo. Podían haber pasado años y no haberse atrevido a decirle nada a María de sus sentimientos. Y sin embargo, un día, caminando por un paseo solitario, al abrigo de viejos árboles silenciosos, mientras deambulaban sin rumbo, Jorge se encontró declarándole su amor sin ni siquiera darse cuenta.
- “Siempre he soñado con alguien como tú…“ y siguió torpemente intentando explicar lo inexplicable, dejándose la vergüenza en cada sílaba y sin saber qué haría después.
Sorprendida, y halagada también, ella le respondió: “Gracias, Jorge, pero yo solo te veo como a un amigo”
Sin embargo, el demoledor efecto de una respuesta así no llegó a alcanzar nunca su diana, porque nada más terminar la frase, y de manera incomprensible para Jorge, María lo cogió del brazo. Caminaron así hasta casa de ella y, de esta manera un tanto extraña, sin más declaraciones posteriores, ambos dieron por sentado que habían comenzado su relación, así, por casualidad.
Capítulo tercero: I’m Yours
La juventud es impulsiva, irreflexiva, poderosa. Y ambos, María y Jorge, aunque ella lo llamaba siempre Cusi, tenían todas esas virtudes. Y muchas más. Su relación nunca fue muy ortodoxa. En muchos aspectos, no podía serlo.
Si hubieran visitado a un psicólogo, les habría advertido de sus enormes diferencias. Otra cosa es que le hubieran hecho caso o les hubiera importado lo más mínimo. Nadie puede ser del todo sensato cuando mira a los ojos de alguien y ve en ellos su destino.
Jorge era un soñador. Vivía las cosas de un modo especial, casi siempre con una tendencia patológica hacia el dolor. Por alguna razón extraña, se había casi convencido de que no podía existir el amor verdadero sin un sufrimiento a su nivel. Así lo interpretaba de sus lecturas de los poetas románticos, de sus dramas o de las desgarradoras canciones de amor que interiorizaba convirtiéndose en el protagonista. Ser feliz y estar enamorado era algo incompatible. Sin duda, Jorge aún no había madurado lo suficiente y algo que lamentaba es que, al no haber tenido padre, carecía de una figura a la que imitar, incluso de alguien que pudiera aconsejarle cuando la adolescencia impetuosa lo arrancó de pronto de los brazos de su idealizada infancia. La falta de esa figura paterna pesó en él como una losa, provocándole momentos de desesperación y odio que no sabía controlar.
Jorge tuvo que ir aprendiendo sobre la marcha, a veces a pasos forzados y no siempre tomando las decisiones oportunas. Si a todo ello añadimos una extraña y dificultosa manera de madurar, o quizá sería más correcto decir de no madurar, el resultado era que vivía en un mar de dudas, intentando hacer lo que consideraba correcto y encontrándose, muchas veces, con que era incapaz de hacerlo, con la consiguiente mortificación culpable.
Aún así, Jorge era un joven alegre, bromista y muy inquieto. Y dado su carácter travieso y su adoración por la infancia, Jorge seguía siendo un niño en muchos aspectos de su personalidad.
A su lado, María era mucho más madura. Aunque tenía tres años menos que él, para ella las cosas eran claras, meridianas. Luchadora infatigable, inteligente, con gran personalidad y una determinación inquebrantable, era una mujer sobre la que nadie podía tener la más mínima duda de que lograría cuanto se propusiese en esta vida. Oponía a la fantasía de Jorge un sentido común sólido y juicioso. Era capaz de adentrarse en el alma humana, en este caso en la de Jorge, y ver con claridad lo que para él no eran más que paisajes cubiertos de bruma. La vida, para ella, era sencilla. Si querías algo, podrías conseguirlo con esfuerzo y determinación.
Curiosamente, ambas personalidades encajaron como una llave en una cerradura. Jorge llenaba las ansias de romanticismo de María y la convertía en una mujer excepcional. Ella iba frenando con paciencia los desvaríos de su amado, imponiendo siempre su lógica y su sentido común. Y como ambos estaban en un momento de sus vidas tan especial, crecieron juntos, haciendo propias las aficiones del otro, aprendiendo a la vez a disfrutar de una película en blanco y negro, de las canciones de Simon & Garfunkel, de un paseo junto al mar o de la belleza de un poema. Jorge le escribía versos y ella los saboreaba con cariño, dudando a veces de tanta exaltación, pero rendida a las palabras de Jorge. Y es que aunque él pensaba que no lo era, para María, Jorge era un poeta y sus versos eran pan para el alma y lo más bonito que nunca nadie le había dicho. María aprendió a admirar a Jorge por sus escritos, que le ponían la piel de gallina y le hacían temblar más que una caricia. Si Jorge se sintió atraído por María nada más verla, ella se fue enamorando lentamente, no de su aspecto, sino de cuánto encerraba en su pequeño cuerpo.
Pero no iba a ser fácil. Al menos para Jorge. Fiel a su teoría sobre el amor y el sufrimiento, él solo se las apañaba para crear fantasmas de la nada y sufrir como era necesario si uno amaba de veras. Y el primer problema vino de su poca seguridad, unida a la extraña y sublime belleza de ella. Los celos, ese veneno miserable, no tardaron en aparecer. Era el primer año de María en la universidad y Jorge tuvo que empezar a convivir con que ella estaba en clase con más de cien compañeros, muchos de los cuáles se sentirían, inevitablemente, atraídos por su mirada esmeralda. Sin embargo, María era ajena a tales dilemas. Centrada en sus estudios, que le estaban costando sudor y lágrimas, para ella los compañeros no existían, al menos como posibles objetos de deseo. Estaba enamorada de Jorge, estaba centrada en salir adelante con su carrera y no había nada más. Aún así, tuvo que sortear algunas discusiones con Jorge, hasta que él, poco a poco, fue entendiendo que su amada era inquebrantable en su fidelidad y que jamás debería tener dudas sobre eso.
Ese primer año en la universidad, a cien kilómetros de Ferrol, les dio a ambos una libertad maravillosa para pasar todo el tiempo que quisieran juntos y sentirse liberados de la presencia familiar. Era una especie de independencia casi perfecta que les otorgaba todo el control sobre sus vidas. Sin locuras, supieron vivir con complicidad aquel momento. Se convirtieron en inseparables. Se bastaban el uno al otro y no echaban a nada ni a nadie en falta. No fue necesario que ninguno de ellos renunciase a nada, la convivencia, el cariño y el compartir juntos cualquier afición les fabricó un universo perfecto y único donde todo encajaba con precisión. No disfrutaban de mucho dinero, pero lo administraban con cuidado y siempre sobraba algo para algún capricho innecesario, pero que necesitaban y disfrutaban con íntima satisfacción.
Sin duda, aquellos años en la universidad fueron especiales. Jorge, si le hubieran preguntado, habría podido enumerar una buena cantidad de momentos imborrables, algunos casi intrascendentes, pero que en conjunto dibujaban muy bien la complicidad y el cariño que habían construido juntos. Como ejemplo, el día en que él le confesó sus taquicardias, la primera de las cuales le había sobresaltado en plena infancia y, asustado, decidió mantener en secreto. Solo a su amada decidió confesarle ese miedo. Ante aquella revelación, María le obligó en el acto a tirar la cajetilla de Ducados y acudir a un cardiólogo, gastando los pocos recursos de que disponían. Para Jorge, aquella reacción fue una prueba definitiva de cuánto había llegado a significar para su amada. Su unión estaba en la cima.
Compartían juegos, confidencias, sueños y proyectos. Jorge la ayudaba con los exámenes, en interminables tardes de cigarrillos encerrados en su habitación; y luego celebraban los éxitos de ella con alguna cena de platos combinados y golosinas. Ella le regalaba juguetes y para Jorge no podía haber elegido mejor. Vivían una mezcla de romance adulto salpicado de juegos infantiles. Entre ambos, nada estaba escrito, nada tenía que hacerse porque sí. Eran los dueños de sus vidas y el destino estaba ahí, construyéndose día a día con la ingenuidad de su edad y el cariño sincero de sus corazones.
Capítulo cuarto: A Hard Day’s Night
No hay nada sencillo. La vida es dura, aunque aún ellos no lo hubieran descubierto. Y el amor tampoco es fácil. Cuando las pasiones se hacen dueñas del tiempo y los lugares, alguien va a salir perdiendo. A los primeros años de su relación, donde todo era nuevo y fresco y alegre, siguieron años de sombras, primero leves, casi hermosas en su ingenua debilidad. Pero que fueron creciendo sin remedio. Como la noche.
Sus diferencias de carácter, los miedos de Jorge el genio de María y la gran cantidad de horas al día que pasaban juntos, alimentaron sus discusiones, que empezaron a ser bastante habituales. No tenían que versar sobre nada importante, bastaba una diferencia de gustos o una valoración equivocada de algo y empezaba la fiesta. Aquello podía haber quedado en poca cosa sino fuera por la personalidad de ambos.
María era una joven fuerte y decidida, siempre superando cualquier reto que se le presentaba. También era muy competitiva y había forjado su carácter rodeada de hombres en una familia también de carácter fuerte, con lo que estaba acostumbrada a hacerse valer y a no ceder un milímetro si tenía razón. Jorge era, sencillamente, un testarudo. A veces no sabía por qué, pero se encontraba defendiendo posiciones absurdas y rebuscando argumentos con que apoyarlas, si bien hubiera podido defender el punto de vista opuesto con la misma vehemencia. A veces se daba cuenta de ello y le parecía absurdo, pero lo que nunca estaba dispuesto era a confesar su tozudez. Era, pues inevitable, que ambos se enredaran en absurdas disputas que no llevaban a nada, con la sola intención de ganarlas.
Aunque en ese momento no era consciente de ello, la raíz última del carácter más agrio que de costumbre en ella estaba motivado por un cansancio profundo con aquella relación. Jorge, inseguro, había ido tejiendo una red de seguridad en torno a ambos que si bien le resguardaba de cualquier mal, fingido o real, a María le iba quitando poco a poco el aire, la alegría, la espontaneidad. Sin saberlo conscientemente, se iba fraguando el germen de una incómoda realidad.
Jorge, casi al mismo tiempo que María, sentía también cansancio. En su caso era por las discusiones en sí. Cegado por los árboles, no llegaba a ver el bosque; así, nunca se planteó seriamente el motivo real de que María estuviera más alterada, de que cada vez estuvieran más dispuestos al enfrentamiento; solamente sentía en sus huesos un cansancio sordo e implacable.
A pesar de todo, en su fuero interno, ambos sentían que estaban unidos. Incluso, algunas veces, era la reconciliación tras una riña acalorada lo que más les demostraba cuánto se querían. En esos instantes, la fuerza de su amor era tal que podían haber iluminado una ciudad mediana durante media hora solo con el brillo de sus miradas. Y nada, nada parecía poder destruir aquella unión que habían creado.
Sin embargo, se estaba fraguando un cambio en sus vidas con el que no habían contado.
Capítulo cinco: In the Army Now
1989. Si hay un momento de inflexión, una fecha en el calendario marcada a fuego es ese año. Enero, para ser precisos.
Cuando Jorge regresó a Ferrol, terminada su carrera, entró en una peligrosa espiral. Estaba agotado mentalmente, no tenía ganas de pasar más exámenes, de estudiar más temarios absurdos. Buscó trabajo en el sector privado, pero era consciente que no iba ser fácil, como así se demostró, por lo que se vio abocado a preparar oposiciones. Sabía que no estaba en disposición anímica para ello, pero tampoco tenía más opciones.
María siguió en la universidad, cubriendo los últimos años de su carrera tan brillantemente como era de esperar. Solo ella se dio cuenta de la situación de su amado y se dispuso a ponerle remedio. Tenía que sacarlo de aquella situación que estaba venciéndole. Animó a Jorge a escribir a cuantas ofertas de trabajo se presentaran, logrando vencer las iniciales reticencias suyas. Así fue como un día se encontró pasando unas pruebas de acceso para trabajar en una entidad financiera, algo para lo que ni estaba preparado ni que jamás hubiera entrado en sus planes. Pero el poder de convicción de María era inmenso.
Superó todas las pruebas, entrevista incluida, y todo quedó a expensas de que le comunicaran la fecha de ingreso y su destino. Y aquí es donde todo comenzó a torcerse. Esperando un destino cercano, dada la promesa inicial, lo que no podía esperar Jorge es que le ofrecieran un puesto en Francia. Se quedó de piedra. Intentó asimilar la noticia, pero era incapaz de poner en orden el cúmulo de extrañas sensaciones que sentía. Era una oferta irrechazable, con un sueldo increíble y un futuro bastante sólido. Pero el tener que irse de su cuidad y de su país, lo había dejado noqueado.
En su familia lo animaron. En definitiva, era una oportunidad y si no salía bien, no perdería más que unos meses o un par de años a lo sumo. Pero era muy probable que encontrara ahí su futuro. La más entusiasta era su hermana, cuyo espíritu aventurero era uno más de los muchos rasgos que los diferenciaban. María estaba en Santiago ese día. Hasta la noche no podría comunicarle la noticia. Jorge se preparó para ese momento lo mejor que pudo. María era el principal escollo en la mente de Jorge, para quién ya la actual separación de cien kilómetros era casi intolerable.
Fue a esperarla a la estación. Ella sonrió, contenta de verlo, como cada viernes, feliz de poder pasar el fin de semana juntos. Pero pronto notó en el rostro serio de Jorge el anuncio de una mala noticia. Sin esperar más, éste le contó las novedades: “Me ofrecen un puesto de trabajo, pero en Francia”. María rompió en un mar de lágrimas; brotaron sin avisar, sorprendiéndola también a ella misma. Fue un torrente intenso, profundo, brotaban del alma y Jorge sintió una oleada de pánico subiéndole del estomago hasta anudársele en la garganta.
- “Tienes que aceptar, Cusi”. Para María no había dudas. Sobreponiéndose a su dolor, sabía que era el impulso que necesitaba Jorge para salir de un círculo que solo le traería depresiones y miedos. Para ella lo más importante, por encima de su propia tranquilidad o sus necesidades, era Jorge. Nada ni nadie la hubiera hecho dudar de sus palabras, incluso aunque le hubieran mostrado el futuro cercano que se avecinaba, María se hubiera mantenido impasible.
Y así fue como una tarde de enero, el día ocho para ser precisos, embarcó Jorge en un tren rumbo a Madrid, de donde partiría al día siguiente hacia París. Su familia, dos buenos amigos y María estaban allí para despedirlo. Jorge aguantó el tipo y fue despidiéndose de todos, uno por uno. María fue la última. Una vez en el tren, cuando la estación ya no era más que una diminuta luz que se perdía en la noche, Jorge estalló a llorar.
Capítulo seis: So far away
Pasar de su vida de estudiante al mundo laboral fue un trauma que, ni veinte años después, Jorge había logrado superar. La camaradería, la despreocupación y la libertad de su vida anterior desaparecieron de pronto. No ayudó mucho tampoco tener que adaptarse a vivir en un país extranjero del que desconocía el idioma. Y si todo eso no fuera suficiente, Jorge fue destinado, en París, a una oficina dirigida por mano tiránica por un hombre frío, desconfiado y rencoroso que le hizo la vida imposible durante un año entero.
Y si el trabajo pronto lo descorazonó, el verse lejos de todo cuanto quería, familia, amigos y María, terminaron de rematarlo. Solamente una terca tozudez, una voluntad de no quebrarse que nunca supo bien de dónde nacía, lo levantaba cada mañana y le obligaba a ser cada día más fuerte que el anterior. Su aspecto físico empeoró, su moral era mínima y el estrés al que estaba sometido por su tiránico jefe le dejaron un brazo medio paralizado por un dolor muscular intenso.
María lo visitó en marzo. Fue un pequeño respiro, aún cuando en esa época aún no había sufrido lo peor y París aún era una ciudad llena de encantos y abierta para que él la fuera descubriendo a lo largo de mañanas frías, con una luz blanquecina que parecía irreal. Fue una visita breve, pero intensa. Ese viaje, veinte años después, seguía siendo para María el más hermoso regalo de que había disfrutado, conservando cada día y cada instante en su corazón, con un cariño inmenso.
Sin embargo, al tiempo que vivía el que sin duda ha sido el peor año de su vida, Jorge experimentó una extraña sensación. Por algún milagro, la separación de María le había proporcionado cierto alivio. El haber extendido entre ambos una distancia tan grande hizo que toda discusión resultara estúpida. De pronto, volvieron a sentir que se necesitaban más que a nadie en el mundo y sus conversaciones perdieron el sinsentido anterior. El problema que no supo ver entonces es que ese alivio se fue convirtiendo en una necesidad y cuando, sin motivo aparente, las discusiones volvieron, esta vez a través del teléfono, Jorge sintió una fatiga infinita.
Lejos de París, María se enfrentaba a una prueba titánica. Había decidido preparar unas oposiciones, las más difíciles, confiada en su inquebrantable fuerza de voluntad y una inteligencia única. Solamente no valoró en su justa medida una cuestión: la ausencia de Jorge; tras más de cinco años juntos, esa ausencia iba a pesar sobre ella como una losa. Porque de pronto, sintió que le faltaba su apoyo, su amigo, su confidente. Pero del mismo modo que él, a más de mil kilómetros, había encontrado en su separación cierta tranquilidad, para María el alivio venía de que por fin recuperaba su autonomía. Poco a poco empezó a sentirse dueña de cada segundo de su vida, sintiendo una curiosa alegría que emanaba de lo más profundo. Pero su trabajo diario, las horas de soledad frente a los libros, la necesidad de compartir con alguien lo que estaba pasando, todo ello fue abriendo una brecha entre ella y un lejano amor que empezaba a parecerle frío y distante.
Sin saberlo, ambos estaban experimentando sentimientos parecidos. La distancia les había otorgado una libertad nueva y, lejos de atemorizarlos, les animaba a intentar prolongarla. En esa situación, solo hacía falta una chispa, algo, por insignificante que fuera, que los empujara a dar un paso que jamás habían previsto. La chispa saltó a comienzos de 1991. Había sucedido lo inevitable, si bien ninguno de ellos lo supo aún en ese instante, que les parecía uno más en medio de sus habituales disputas. Pero no había marcha atrás, aunque tuvieron que aguardar hasta agosto para descubrirlo.
Cuando Jorge llegó a Ferrol, en sus vacaciones, sabía que lo inevitable sería ir a ver a María. Sin embargo, su tozudez se lo impedía. No sabía bien por qué, pero tenía ganas de estar solo. Tal vez temiendo una nueva discusión. Para María, esta actitud confirmaba sus peores temores, él la había dejado de querer. Decidida a poner las cosas en su sitio, fue ella la que dio el paso y un día se encontraron frente a frente. A pesar de todo lo que les había unido en el pasado, ambos parecían un par de diplomáticos rancios cerrando un acuerdo que no beneficiaba a ninguno.
Días más tarde, no obstante, Jorge sintió un fuego en su interior. De repente, se le aparecieron todos los fantasmas del pasado gritándole y comprendió que todo aquello era una locura. Corrió a verla, la arrancó de sus libros y la dejó ante un dilema ineludible: ¿podemos tener esperanza?. Pero María había dado un paso más lejos, algo que Jorge descubrió atónito: tenía otra pareja. Agobiada por sus estudios agotadores, había encontrado apoyo en un compañero que se encontraba en su misma situación; nadie mejor para comprenderla y nadie mejor para apoyarla. No era nada serio, todavía, pero fue un vado insalvable en esos momentos para Jorge y el foso que cavó María entre ambos, inconscientemente deseosa de otorgarse una tregua.
Lo dio todo por perdido. Faltaban solo unos día para regresar a Francia y se sumió en una silenciosa resignación. Nada tenía sentido. Y de pronto, una tarde, apareció ella, llorando, nerviosa. Toda su entereza había saltado por los aires y buscaba también una explicación a lo que parecía una pesadilla. Entre reproches, María y Jorge se encontraron a un paso de la reconciliación. Bastaba una palabra de él o un beso de ella. Bastaba un segundo que cambiara el futuro, un abrazo, algo. Y no sucedió nada. Jorge llegó al borde, tenía la palabra precisa en los labios, supo que diciéndola, ella se quedaría a su lado. Pero se calló. María secó sus lágrimas, dio media vuelta y desapareció en la noche.
Aún hubo un último encuentro. Mas tranquilo, desapasionado, torpe, inútil y doloroso. Charlaron durante horas, pero nada tenía remedio ya. Una canción que los había unido en el pasado, brotando de pronto de la nada, cortó el encuentro bruscamente: “No, Cusi, no puedo escucharla ahora, me destrozaría”. Y con estas palabras se despidieron. Era agosto de 1991 y no volverían a encontrarse hasta casi veinticinco años después.
Capítulo siete: Here Comes The Sun
La gente nativa de Ferrol ama a su ciudad de una manera especial. Incluso los que dicen odiarla, no es más que un amor mal sentido. Tarde o temprano, no sé bien por qué, los ferrolanos parece que sentimos la necesidad de demostrarle nuestro cariño y nuestro agradecimiento a esta segunda madre.
Tal vez por eso, tal vez por dar salida a una creatividad un tanto oculta por su rutina diaria, María se planteó un día escribir un libro sobre su ciudad. Pero quería que fuera un buen libro, bonito, y pensó que si incluía algunas fotos de la cuidad se expresaría de un modo más gráfico la cantidad de rincones hermosos que posee. Dado que ella no era ninguna experta en fotografía, decidió que lo mejor era buscar a algún fotógrafo de la ciudad al que no le importara colaborar en su trabajo. Por ello, se dirigió a un compañero que sabía podría orientarla en la materia. Y esa persona le habló de una página web en la que había visto algunas fotos de Ferrol que le habían gustado. Y recordaba el nombre del autor. En cuanto lo oyó, María se quedó de piedra. ¡No podía ser verdad!, ¡tenía que ser Jorge! Ella sabía que no vivía entonces en Ferrol, lo que casaba con lo que la información que tenía su compañero de trabajo. Si esas fotos, que aún no había visto, eran de su Jorge, seguro que serían perfectas para su libro.
Y así fue como un lunes de mayo, a primera hora de la mañana, y tras buscar el número de teléfono de su trabajo, María sorprendió a un aturdido Jorge con la llamada de su vida.
A pesar de que María no pretendía nada más que esas fotografías, resultó inevitable que comenzaran a cruzarse correos donde, desde los primeros mensajes cordiales de saludo, tras veinticinco años sin hablarse, fue inevitable que entraran en temas mayores. En concreto: su ruptura.
- “¿Cuando hemos hablado tu y yo de banalidades?”, preguntó Jorge María se echó a reír, reconociendo que nunca jamás lo habían hecho. Y no iban a empezar precisamente ahora.
Para ambos, su ruptura era un tema que no había terminado de cicatrizar. Muchas preguntas habían quedado en el aire y ninguna de las respuestas que cada uno había buscado por separado les habían resuelto las dudas. No hubo reproches, solo se trababa de cerrar una vieja herida que seguía sangrando, en silencio, a oscuras.
Así fue como María le contó a Jorge que para ella su boda, al año de dejarse, había marcado un punto y final rotundo; aquel día, María no pudo hacer otra cosa que lamentarlo en silencio, sintiendo que una parte de su vida saltaba en pedazos. Jamás olvidó aquella fecha, como un dardo clavado en su corazón. Sintiendo que todo el amor de Jorge había sido tan leve como una pluma, decidió pasar página definitivamente. Muerto y enterrado. Aunque no del todo.
Para Jorge sin embargo, su ruptura con María había tenido lugar antes, cuando descubrió que otra persona estaba a su lado, aquel fatídico mes de agosto de 1991. Aún así, durante dos meses le siguió mandando cartas de amor en busca del perdón. Pero no obtuvo respuesta a ninguna. El resto de su vida, de sus actos, no había sido más que un desesperado intento de llenar un vacío. Se casó en un arrebato, sin reflexionar, ahogando su conciencia en un mar de sueños y fantasías que a duras penas le dejaban dormir tranquilo. Lo intentó, quiso ser feliz, pero cada día que pasaba las cosas iban a peor. Al final, un divorcio y vuelta a empezar. Y más errores y tropiezos y siempre en el horizonte, una figura permanentemente presente, una realidad intangible pero que seguía ocupando un lugar que le pertenecía por derecho propio y que nadie había logrado arrebatarle. Era la reina de aquel espacio, que crecía con el paso del tiempo.
María, más sensata, tuvo más acierto. Rehizo su vida con otra persona. No todo fue un camino de rosas, pero supo mantener el timón y condujo su vida como pensaba que debía hacerlo. Para ella, Jorge era un bonito recuerdo, pero anclado en un remoto ayer que parecía pertenecer a otro mundo.
Siguieron contándose anécdotas, compartieron recuerdos y siempre volvían al tema de la ruptura. Había que dar con la clave, todo estaba claro, en apariencia, pero faltaba algo; intuían, cada uno desde su ordenador, que no habían cerrado la herida del todo. Como era de esperar, fue ella quién dio con la clave. Recordó de pronto la sensación de angustia que la embargaba en aquellos meses antes de la partida de Jorge a Francia y cómo su marcha le dio un punto de tranquilidad sorprendente. Empezó a recuperar su espacio, encontró apoyo en un compañero de estudios y cuando tuvo en su mano decidir su camino, cuando estuvo frente a Jorge cara a cara, no se atrevió a volver a su lado. Por eso no contestó a sus cartas, recibidas con sorprendente regularidad durante dos meses, por eso dejó que se fuera perdiendo como un bonito recuerdo.
Sorprendentemente, Jorge confesó que había sentido una sensación parecida a la de ella. Su partida a Francia había puesto fin de golpe a las peleas, las desavenencias y las reconciliaciones. Y con ello había recuperado una paz que hacía tiempo no tenía. Y por eso sentía que había dejado que todo se deteriorase lentamente, porque en el fondo de su corazón no sabía si tendría fuerzas para hacer feliz a María en aquellos momentos. Sus cartas de amor habían sido una última llamada desesperada, pero ya era demasiado tarde.
Y así, de repente, vieron como todo encajaba. Por fin habían logrado mirarse de frente y confesarse una verdad que habían enterrado muy hondo, avergonzados de su derrota, intentando culpar al destino, a la mala suerte o a su juventud torpe y alocada. La verdad era más simple, y más dolorosa: su amor los había ahogado; de alguna manera, tanta pasión y tanta unión se había cobrado su precio.
Capítulo ocho: The Long And Winding Road
Sin embargo, algo inesperado nació de pronto en medio de esas conversaciones. Mientras buscaban la verdad sobre un desencuentro que había tenido lugar veinticinco años atrás, de ese mismo pasado, de la espesura de un oscuro bosque de recuerdos salió de pronto una luz cegadora. Y los golpeó a los dos a la vez. Era su pasión, era su juventud alocada, eran un millón de recuerdos que de pronto reclamaban su espacio. Habían abierto un viejo baúl de la infancia y tenían ante sus ojos todos los juguetes, recordándoles unos días felices que habían creído olvidados, perdidos para siempre.
María se vio enfrentada a la rutina de su vida, a la falta de pasión, a sus largas jornadas de trabajo agotador, a un éxito profesional innegable y… a su tristeza. Su vida no había sido cómo la había soñado. Comprendió, de pronto, cómo hubiera deseado, en ese mismo instante, mientras recordaba con Jorge su pasado juntos, volver atrás, deshacer sus errores y haber permanecido con su amor en Francia, jugando a su juego preferido y alumbrando pequeños francesitos. María sintió correr la sangre de nuevo, la misma sangre de sus años universitarios, y recordó tantos momentos irrepetibles que de pronto sintió que el mundo sólido que conocía y donde se sentía segura se volvía espuma bajo sus pies. La vida volvía con una fuerza arrolladora y le recordaba que ella tenía algo más que su cabeza y su trabajo, también era la dueña de un alma dormida que reclamaba de pronto su aire, sus alas y su risa.
Para Jorge fue más de lo mismo. Por un milagro extraño, tenía de nuevo a su lado a María. Su vida solitaria, sus jornadas vacías, sus banales ocupaciones, todo le parecía de pronto ridículo, estéril e inútil. Reconoció con amargura que estaba asqueado de su vida, de si mismo y del futuro que le esperaba. Y se lanzó como un loco a ese mar de recuerdos que le hacía sentirse vivo otra vez. Vivo y útil y bueno. Porque veía que estaba dándole a María, por fin, una alegría que ella necesitaba como el respirar. Era una manera de compensar su fracaso anterior, de hacerse perdonar, de intentar quizá una segunda oportunidad. Comprendió de pronto que su soledad tenía ahora una razón de ser. Nadie había podido ocupar el vacío dejado por María más de veinte años atrás. Lo había intentado varias veces, sin éxito, hasta el día en que se cansó de hacerlo. Tal vez comprendiendo que era un esfuerzo inútil: ella era irreemplazable y él perdió las ganas de buscar a alguien que se le pareciera.
Las horas volaban entre risas y confidencias y hubieran necesitado tres vidas para llegar a sentir que se les terminaban las ganas de seguir charlando.
- “Me encantaría poder decirte todo esto mirándote a los ojos”
- “¡No!, no podría. Me da… miedo Cusi”
- “¿Pánico?”
- “Sí, pánico”
Sin embargo, aquél hechizo se le iba deshaciendo por momentos entre los dedos a María, como hielo que se funde al calor del cuerpo. Y a pesar de la alegría inmensa de poder revivir unos años que habían sido, sin duda, los mejores de sus vidas, había una realidad palpable que ella tenía delante de sí cada día. María no era libre. Pasada esa primera oleada de embriaguez, fue su conciencia, su sentido del deber, la lealtad hacia los suyos y hacia ella misma lo que le hizo detenerse en seco. Miró a sus pies y vio un abismo. Al otro lado estaba Jorge, como una figura mítica surgida de un sueño maravilloso. Pero entre ambos se extendía una sima profunda habitada de voces conocidas. María escribió, al instante:
- “Cusi esto tiene que terminar”
Aún no había comenzado nada realmente y ya estaba muriéndose. Jorge que no esperaba algo así, preso como estaba de una embriaguez incontrolable, rompió en sollozos, golpeó las paredes furioso e intentó ahogar los mil gritos que le oprimían el pecho.
- “Que sea como tu quieras”, respondió finalmente. Sabía que nada estaba en su mano. Si quería salvarla de sus propios demonios, él ardería en la hoguera del olvido.
Y se abocó al vacío absoluto que se abría ante él. No sentía rabia, ni tampoco tenía nada que reprocharle a ella. Comprendía que no era fácil. Si él hubiera estado en la misma situación habría tenido que obrar de la misma manera. Tan solo sentía que todo eso era demasiado cruel. No merecía una broma del destino como aquella. Admiraba el valor de María, porque sabía que ella había sentido la misma alegría desbordada y ese reencuentro le había devuelto sensaciones que había creído perdidas para siempre. Estaba haciendo lo correcto. Y hubiera sido muy egoísta por su parte no reconocerlo.
Sin embargo, a pesar de todos los racionamientos posibles, Jorge sentía que todo aquello era tremendamente injusto. Esa noche, Jorge se había convertido en un viejo.
Sin embargo, para María ya nada era claro, ni lógico. Nunca había actuado por impulsos; sus decisiones, buenas o malas, habían sido fruto de la reflexión y siempre había buscado lo mejor, lo correcto, lo sensato. Pero no estaba viviendo una situación normal, ni lógica. Volver a hablar con él le había descubierto un amor en Jorge incondicional, que había resistido el paso del tiempo, la distancia y sus intentos de rehacer su vida, y que ella jamás había sospechado. Jorge recordaba cada pequeño detalle con una lucidez inusitada, había conservado cada recuerdo como un tesoro y ahora se los estaba ofreciendo a ella como una ofrenda sagrada. Para María, todas esas pruebas de cariño eran sencillamente conmovedoras. Se sintió pequeña, diminuta, pensando que no se merecía aquella lealtad absoluta y aquel amor inquebrantable; y tampoco quería verlo sufrir de nuevo, y sabía que estaba sufriendo. Y volvió a escribirle. Acalló sus malos pensamientos diciéndose que, después de todo, compartir aquellos recuerdos, juntos, no tenía nada de malo, no podía hacer daño a nadie. Para ella, cualquier posibilidad de que rompiera su vida actual para embarcarse en una loca aventura con un fantasma del pasado era imposible. Lo veía como un muy buen amigo al que el azar había permitido reunirse con ella de nuevo, por una casualidad. Tal vez, lo que no podía dominar del todo la lógica de María, lo que su corazón de niña dormido durante un cuarto de siglo no quería permitir, era que una alegría tan maravillosa, un regalo tan sorprendente se evaporara sin remedio. “Solo los necios despreciarían algo así”, se dijo orgullosa mientras retomaba el contacto con él.
- “Perdóname Cusi, todo esto es una tontería. Yo no hago daño a nadie hablando contigo. Solo debes tener claro que no habrá nada más que amistad entre nosotros”
Jorge recogió el regalo con una sonrisa y se prometió a sí mismo no hacer nada que pudiera asustar a su temerosa amiga. Consciente de la lucha que libraba en su interior, para él lo único que tenía sentido era que ella se sintiera feliz y tranquila cada vez que hablaran. Solo su felicidad importaba.Y Jorge se encontró disfrutando como un niño con las risas que empezaron a brotar libres en cada una de sus renovadas conversaciones. María parecía liberada de absurdos temores y juntos disfrutaban del recuerdo de una canción casi olvidada, de fotos recuperadas del túnel del tiempo y de mil recuerdos que entre los dos componían, en una especie de mosaico en blanco y negro.
- “He bailado como una loca. Tendrías que haberlo visto. Una locura, estoy como una cabra”, le dejó escrito, de madrugada a Jorge. Y él reía y era la persona más feliz del mundo. A veces, la felicidad se encierra en una simple canción. Y el paraíso.
Lo que era evidente es que el cariño que brotaba de sus conversaciones no era el de dos amigos. Lamentando los errores pasados, ambos se enlazaron en un sin fin de caricias veladas y abrazos escondidos en cada frase, descubriendo que seguían compartiendo una complicidad increíble, como si tan solo hubieran estado separados un mes. Jorge sentía la angustia de María, sus miedos, que sobrevolaban sus escritos como dragones hambrientos. Se temía de nuevo lo peor y luchaba para retenerla a su lado, aceptando cualquier condición impuesta por ella. Quería reprimir su amor por ella, que no lo descubriera para no asustarla. Pero era un esfuerzo perdido. Cada palabra lo delataba y ella, aún deseando creer en sus palabras, lo conocía demasiado bien para tragar el anzuelo. “Creo que en el fondo sigues teniendo esperanzas de que volvamos juntos, a pesar de que lo niegues”, le decía, y Jorge callaba, sabedor de que había sido descubierto el deseo último de su corazón.
Pero nada se podía hacer por ayudar a una mujer que se debatía entre lo que le dictaba su conciencia y lo que reía su corazón. Y María, si algo tenía, era un sentido del deber inalterable. Volvió a sentir dudas, volvió a pensar que aquello no podía acabar bien. Le dolía en el alma ver como Jorge se hacía ilusiones y el inevitable dolor que ello le acarrearía. Y ella, si algo tenía, era corazón, y no podía quedarse quieta mientras veía cómo él se acercaba a su propia ruina. Y además, estaba su vida, su familia. No era justo que ellos pagaran ahora por un error cometido por ella en su juventud. Si alguien tenía que pagar por aquellos errores era ella, y decidió que aquello, esta vez sí, tenía que terminar.
- “Cusi, no puedo seguir así. Esto es una locura y debe terminar. Te prometo no volver a escribirte más”
Y otra vez, el cielo se le quebró sobre su cabeza. Sintió que la sangre se le helaba en las venas y que un millón de lágrimas se agolpaban en sus pupilas, pidiendo paso. Aguantó el tipo como pudo. Intentó ser más racional y lógico, admitir que era lo mejor, que María volvía a actuar como tenía que ser. Y esta vez, para Jorge era la definitiva; sabía que si había dado ese paso, aunque se muriera de pena por ello, no había nada que fuera a empujarla contra de sus principios.
- “María, te comprendo. Te dije que respetaría tu decisión y lo haré, por mucho que me duela. No te lo pondré más difícil. Me despido ya de ti. Un beso, sé feliz, te quiero”
- “Muchas gracias Cusi por haberme hecho tan feliz. Yo también te quiero”
Y con ello se volvió sellar de nuevo un breve espejismo de felicidad. Lo había intentado todo, pero en este juego ambos tenían que jugar las mismas cartas y no era el caso.
Sin embargo, algo se interpuso, momentáneamente, en esa ruptura: se habían citado para comer juntos. La cita había surgido en plena cresta de la ola de felicidad y había sido ella la que, venciendo el pánico inicial, había cedido a una natural curiosidad por ver cómo era Jorge ahora, tantos años después. Estaba convencida que su aspecto sería parecido, sino mejor. Era una de esas intuiciones tan suyas, tan firme y solida que hubiera apostado cualquier cosa segura de que ganaría. Tampoco él pudo resistirse a la posibilidad de poder mirarla a los ojos, como se lo había pedido en una ocasión. Mientras hablaban a través del correo, él seguía dirigiéndose a la joven de veinte años de la que se había enamorado y, aunque lo había intentado, no era capaz de ver otro rostro ni otra mirada que aquella. Sabía que la mujer con la que se encontraría sería muy diferente, pero no le importaba lo más mínimo. Estaba enamorado de un corazón enorme, una risa nerviosa y fresca y el alma más noble del mundo. Lo demás carecía de importancia.
Así que, a pesar de la firme decisión de María de terminar con aquello, decidieron de mutuo acuerdo salvar aquella cita que ambos deseaban íntimamente. Es cierto que ya no tendría el mismo encanto que cuando se planeó. Es verdad que, sabiendo que sería la última vez que se verían, aquello no podía terminar bien. Pero nadie hubiera podido convencerlos de cancelarla. Nadie.
Capítulo nueve: And I Love Her
Habían quedado en Sada, porque María, con ese precioso espíritu de niña, necesitaba tener el mar cerca. Jorge llegó cuarenta y cinco minutos antes, nervioso y con la boca seca como un desierto al mediodía. Aparcó, volvió a aparcar, pidió un agua para aplacar su sed, salió a la lluvia, … y a cada instante miraba el reloj que parecía querer jugar con sus nervios con su obstinación de pararse cada dos segundos.
Mientras la esperaba, la imaginaba en su coche, bordeando el mar, nerviosa también, bajo un día gris con una fina lluvia que era el reflejo del alma de Jorge. Era su primer encuentro en miles de años, y el último. Y Jorge rogó porque María fuera una mujer poco atractiva, así le sería más sencillo aceptar que toda esa bendita locura tenía que terminar.
Finalmente, fue al restaurante. Ella le había pedido que llegara antes y la esperara allí, temía llegar primero y tener que aguardar ella. Y Jorge le prometió que así lo haría. El local era viejo, con un aire de abandono desolador. Porque se trataba de un edificio histórico, seguramente de finales del siglo XIX o principios del XX. Daba pena ver la falta de cuidados a que se había visto abocado. Parecía, allí junto al mar, un viejo navío abandonado y devorado por las olas.
Junto a la puerta, Jorge miraba fotos antiguas del local, en blanco y negro, colgadas de las paredes, de su época de esplendor y se movía inquieto como un león en una jaula diminuta. Y entonces la vio llegar, cubierta por un paraguas, subiendo las escaleras, y sintió que el tiempo se detenía repentinamente. Ya no estaba en ningún lugar en concreto, solo estaba con ella. El universo entero era ella. Y estaba radiante. Se quedó fascinado al ver aquella mirada tan brillante y la sonrisa, que te atrapaba de la cabeza a los pies. Se abrazaron. Y Jorge sintió como las lágrimas empujaban como un torrente sin freno para salir. Las contuvo como pudo y abrazó a María con más fuerza, para fundirse con ella, en ella.
Se sentaron un momento, antes de pasar al comedor. Y empezaron a hablar. María estaba muy nerviosa, pero feliz. Parecía que sus temores y sus dudas se habían esfumado de repente. No reconocía muy bien a su Jorge, estaba cambiado y eso la desconcertó un poco al principio. Sin embargo, con el paso de los minutos, comenzó a reconocerlo en pequeños detalles, como el tocarse la oreja distraído, su mirada y, sobre todo, su sonrisa. Definitivamente, Jorge tenía la misma sonrisa de siempre, y María recordó cuánto le había gustado esa sonrisa. A Jorge le pasó algo similar. Empezó a reconocerla en los gestos de sus manos, en su voluntad decidida, en su sonrisa. Pero lo que no podía evitar era sentirse hipnotizado por aquella mirada verde, luminosa y fresca que lo tenía fascinado. Quiso mirarla fijamente a los ojos, necesitaba conservar esa mirada guardada en el fondo de su ser para invocarla en las noches oscuras que iban a sucederse a partir de entonces. Y, sin embargo, se daba cuenta que no podía sostener aquella mirada mucho tiempo y se encontraba de pronto mirando la calle, huyendo de aquellos ojos que se le clavaban como puñales, tan hermosos que hacían daño, como cuando miras al sol de frente y te ciega.
Y durante toda aquella tarde, Jorge tuvo que luchar desesperadamente por no cubrirla de besos, como una lluvia de pétalos ardientes. Para compensarlo, se contentaba con algunos abrazos, cogía sus manos frías para darles calor y se quedaba mirándola reteniendo la respiración y perdiéndose en aquella mirada tan viva, tan nueva, tan joven, que recogía la luz del mundo y brillaba como un faro en medio de la oscuridad. Lo que no sabía Jorge es que a María le pasaba exactamente lo mismo y se moría de ganas de coger su rostro entre sus manos y besarlo. Más tarde, cuando se despidieron, solo un milagro impidió que María le diera ese beso tan deseado.
Y volvieron a rememorar su lejano pasado, recuerdos alegres, lugares queridos y su amor, que se erguía ante ellos como lo más hermoso que habían construido entre ambos. Un amor que un día creyeron eterno y que, de alguna manera, había sobrevivido hasta ese día, pues ahí estaban, desoyendo sus miedos, venciendo cualquier recelo y disfrutando de algo que solo les pertenecía a ellos.
- “Cusi, esta cita es algo nuestro. Es mi vida y tengo derecho a poder llevarme este recuerdo a mi tumba”
En efecto, como siempre, María no se equivocaba. Aquel momento se lo habían ganado a pulso. Habría sido muy injusto que por miedos o convenciones sociales hubieran tenido que renunciar a algo que llevaban deseando íntimamente desde hacía muchos años.
Recorrieron el pueblo de arriba a abajo, mientras la lluvia seguía acompañando sus recuerdos, con un mar tranquilo como testigo de un pasado maravilloso y mágico al que no se cansaban de regresar una y otra vez, enamorados aún de su propio amor. El tiempo se había esfumado, no importaba nada, y hablaban ajenos al resto del mundo; estaban en un lugar muy distante y en un tiempo perdido, y todo lo demás no existía. Pero el tiempo pasó. Inevitable, inmisericorde. Cuando se dieron cuenta, llevaban más de nueve horas juntos, hablando, llorando, abrazándose y tomándose de las manos. Nueve horas que habían pasado en un suspiro, que se encerraban en sus miradas de asombro y de cariño.
Se despidieron con afecto. Habían acordado que seguirían siendo amigos, pero sin el frenesí de lo que habían vivido en los últimos días. María no podía darle más que eso y Jorge lo aceptó resignado. Se abrazaron por última vez y partieron en la noche, por caminos opuestos. Habían vivido un día inolvidable que ambos llevarían consigo como un tesoro por el resto de sus vidas.
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