Puede que no tenga razón,
quizá me esté equivocando,
pero presiento que todos mis pasos
están marcados por un destino trágico.
Parece como si nunca pudiera alcanzar la meta,
como si estuviera condenado a vagar, solitario,
perdido el hogar, el sentido y el rumbo.
Una loca aguja girando al viento,
un ratón ciego en un laberinto absurdo.
Toda esperanza se me tiñe de negro
sin quererlo, pero también sin remedio.
Todo cuanto hago está mal.
Quizá, sin proponérmelo,
siembro de pétalos negros el camino.
No lo sé, ya nada me parece verdadero,
nada de cuanto pienso ni en cuanto creo.
Es como si mis pensamientos,
en cuanto volaran libres, perdieran su sendero.
Y no quiero resignarme, renunciar y quebrarme,
con cierta estúpida tozudez me defiendo,
dando mandobles con una espada de aire,
quebrando el silencio asesino
como quien desafía a la nada.
Sin embargo, conozco el camino.
Conozco la fatiga y la carga,
la espera inútil y fría,
puerta gris de toda despedida.
Soy yo, en esencia, el adiós certero,
la despedida constante,
la puerta que se cierra y el eco.
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