Llueve sobre los campos
mientras mecen las hierbas
unas manos invisibles
de dedos cálidos.
Escuchamos el ruido de la lluvia
y podemos sentir su aroma,
subiendo desde la tierra húmeda
y trepando hasta nuestras bocas.
Otras manos, más menudas,
juegan alegres con las mías
en un baile silencioso y cálido,
como llamas lamiendo mis manos.
Y de repente, tu mirada se enciende,
me atraviesa y me prende
y recibo un mar de besos ardientes
como el agua que baña los campos.
Esta tarde es nuestra casa,
maderas claras, lluvia y primavera,
y nos la bebemos despacio,
entre risas nerviosas y el calor de tus abrazos.
No necesitamos ya nada más,
solamente somos miles de recuerdos
y esta tarde, inmóvil,
que se adormece en mi hombro
como una dulce amante
tras un solitario viaje de infinitos años.
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