domingo, 12 de junio de 2016

Dos horas

Caen los velos negros sobre las casas,
el mundo entero es pequeño y torpe
y escapas, escapas hacia ningún lugar.
No me queda ya esperanza.
Giras los brazos en una despedida constante,
la mirada brillando, inundada de un llanto
que no parece tener fin jamás.
Hablas de victorias imposibles
y cuentas los años como si fueran siglos.
Y yo te escucho en silencio,
como si rezara a un dios en quién no creo.
Y siento que todo en mi se desmorona.
Estás distante como un planeta remoto
y no te llegan mis lamentos,
aplacados por el inmenso vacío
que ha crecido como la niebla sobre el río,
blanco como una nube solitaria, 
frío como un témpano de hielo.
Aletea en tu mirada un cristal pasajero,
una esperanza, tal vez un segundo duradero.
Busco en mis bolsillos algo que ofrecerte,
un amuleto, quizá el secreto de la eternidad.
No tengo tiempo, no lo tenemos.
Dos horas para despedirte
me parece muy poco tiempo.

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