jueves, 2 de junio de 2016

En el coche

Llovía, como siempre
con esa constancia cansina,
sabiendo que el cielo entero es de agua
y las calles, diminutas,
dejaban correr riachuelos nerviosos hacia el mar.
En silencio, subíamos del mar hacia tu casa,
despidiéndonos de esa tarde, breve y hermosa,
como una promesa secreta.
Empecé a cantar y me mirabas,
dulce y tranquila,
el alma enamorada asomando en tu mirada.
Había algo íntimo en ese deslizarnos en la noche,
furtivos y heridos, dejándolo todo atrás,
un océano de deseos secretos.
Tu rezabas en silencio para que no terminara ese viaje
o para que lo prolongáramos hacia otros paisajes inmensos
que cubrieran la tierra hasta donde alcanzara nuestra mirada.
Y de pronto se paró todo,
el ruido constante y mecánico, el gemir de los charcos,
el rumor del viento y mi canto.
Cayó la venda de nuestros ojos
y fuimos dos seres diminutos e indefensos,
abrazándonos, locos náufragos sin asidero.
El tiempo, parado hacía casi un segundo,
volvió terco para imponer su tiranía.
Y saliste a la lluvia y a la noche,
pequeña mariposa herida,
llorando más que mil tormentas,
hasta perderte en la oscuridad.
Se nos murió la tarde entre los brazos,
tierna historia de todo lo inacabado.

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