viernes, 3 de junio de 2016

La casa de la playa

Empujas la puerta y me dejas entrar en tu casa.
Una a una, vas abriendo las ventanas y una luz blanca
invade los espacios, como una mano silenciosa
que dibujara muebles pequeños, paredes de colores,
pinturas por todas partes y ríos en las estancias.
Me vas guiando, de una habitación a la siguiente,
y eres feliz, en tu castillo íntimo, en tu palacio;
donde te canta el mar por las noches, 
donde lo olvidas todo, hasta a ti misma,
cuando dejas toda lucha y sueñas,
libre, tranquila, en paz con tu alma.
Subimos escaleras en penumbra,
palpitando detrás de tus pasos,
escuchándote en silencio, hechicera blanca,
tus relatos de luchas y esperanzas,
hasta alcanzar la última estancia, clara, inmensa y cálida.
¡Cómo te envidio entonces!
¡Cómo admiro tu pasión por el mar, 
por la lluvia, por la hierba recién cortada!
Eres entonces la libertad de tu risa, una hoguera,
eres la caricia precisa, y la mirada intensa
como un manto cálido y una promesa.
Y no puedo más que admirarte,
sentir la fortuna de estar a tu lado,
comprobar que todo en torno a ti
es pequeño, perfecto y cálido.
No me dejes, amor, no permitas que me pierda de nuevo.
Solamente junto a ti acabo reconociéndome,
solamente tus palabras pueden dibujarme,
no exactamente, no del todo cierto,
pero infinitamente más lindo y más bueno.

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