Caprichoso destino el nuestro.
Esta vida nuestra, de azar y espera.
¡Cómo han ido cayendo los años
delante de nuestros ojos!
Uno tras otro, torpemente.
Se diría que ha pasado una vida entera,
una eternidad de olvidos, de miradas al frente.
Porque tanto dolor tenía que morir adentro,
enterrándolo, para no escuchar su llanto.
Sin saberlo, recorrimos los mismos caminos,
vaciamos las mismas maletas,
a mil kilómetros de distancia, sin saberlo.
Y sin quererlo, cometimos ambos el mismo crimen
y enterramos con las manos todos los sueños.
Nos aferramos a unas vidas inventadas,
donde todo tenía la lógica de lo absurdo.
Ni a soñar nos atrevimos, temerosos del reflejo,
asustados como niños pequeños.
Y ahora, de repente,
con los comienzos de este mayo querido,
la casualidad nos ha reunido de nuevo.
Y al verte, te he reconocido.
En la risa, en el revoloteo de las manos,
en la mirada candente, en tus abrazos.
Y tu me has reconocido también, al verme,
y me has abierto las puertas de tu casa,
y hemos encendido la hoguera
para calentarnos los huesos
juntos, como era nuestra costumbre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario