martes, 7 de junio de 2016

En penumbra

La luz de la vela parpadea un segundo
movida por dedos invisibles
y las sombras dibujan diminutos fantasmas
sobre las paredes blancas.
Dejo crecer las tinieblas,
que van invadiendo mi cuarto
como una nube de cuervos
aleteando contra las paredes.
Todo se va volviendo impreciso,
difuminándose en un vacío oscuro y triste.
Fuera, se ha apagado el sol
y el cielo me parece una pesada capa,
como de acero, que fuera a aplastarlo todo.
Temo cerrar los ojos conociendo el paisaje.
Soy un vigilante taciturno y sordo.
Y la llama centellea un segundo más,
lanzando luciérnagas blancas como puntas de estrella
que mueren de repente con una soledad inmensa.
Dos dedos implacables oprimen de pronto la llama
que se me muere con un duelo delgado
que vuela callado alcanzando el firmamento.
Miro al vacío de afuera, y dentro,
y el mundo entero es una sima fría y negra
mientras todo aquí son recuerdos.

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