Como una carretera infinita, en medio de un desierto blanco,
así siento a veces la distancia que se extiende entre nosotros,
cuando me hablas de ese viaje que necesitas emprender
y tus manos se quedan frías, inmóviles, como dos mariposas muertas.
Recuerdo entonces su aleteo febril entre las mías,
prisioneras efímeras en tus lazos ardientes.
Y mi silencio crece como la oscuridad en un pozo
y el eco azul repite constante mis últimos lamentos
que llegarán a ti repetidos y torpes para morir de pronto
como quién despierta de golpe de un sueño sombrío.
Y a pesar de todo, me aferro a cada pequeño momento
en que me amaste, furiosa y terca como el hambre.
Y no había sed que no pudieras saciar, de repente libre,
saltando a la nada inocente y alegre, pura al fin,
con las mañanas blancas en tu mirada
y el rocío alegre y nuevo salpicando tu frente.
Así quisiera verte ahora, detenida la espera, eterna,
así quisiera amarte al fin, en un instante fugaz… y siempre y siempre.
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