He vuelto a casa.
Cansado de deambular sin meta.
Cansado de mis pasos agrietados,
de las rodillas doloridas
y de ese frío húmedo en mi espalda,
que no me dejaba respirar.
No he sido consciente,
pero ahora lo veo claro:
estoy en casa, he regresado.
Me lo dice esta brisa nueva,
cargada de sal y de aire.
Me lo dicen esas manos
que amasan el tiempo
en un ovillo perfecto y cálido.
Me lo cantan las risas,
que brotan en la oscuridad
como el tañer de las campanas,
revoloteando entre las sombras
como mariposas ingrávidas.
Me lo dice este silencio
que me duerme sin prisa,
saboreando los segundos de paz
que ya no terminan.
Me lo dicen esos besos,
ebrios e inquietos,
como estallidos cálidos
de vida y de sangre,
repletos de color y de acero.
Nada me reclama ya
más allá de este momento.
He regresado a mi casa.
Dejo los zapatos en la entrada
y me acuesto al fin en mi lecho.
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