jueves, 2 de junio de 2016

Uno más uno

Caprichoso destino el nuestro.
Esta vida nuestra, de azar y espera.
¡Cómo han ido cayendo los años
delante de nuestros ojos!
Uno tras otro, torpemente.
Se diría que ha pasado una vida entera,
una eternidad de olvidos, de miradas al frente.
Porque tanto dolor tenía que morir adentro,
enterrándolo, para no escuchar su llanto.
Sin saberlo, recorrimos los mismos caminos,
vaciamos las mismas maletas,
a mil kilómetros de distancia, sin saberlo.
Y sin quererlo, cometimos ambos el mismo crimen
y enterramos con las manos todos los sueños.
Nos aferramos a unas vidas inventadas,
donde todo tenía la lógica de lo absurdo.
Ni a soñar nos atrevimos, temerosos del reflejo,
asustados como niños pequeños.
Y ahora, de repente,
con los comienzos de este mayo querido,
la casualidad nos ha reunido de nuevo.
Y al verte, te he reconocido.
En la risa, en el revoloteo de las manos,
en la mirada candente, en tus abrazos.
Y tu me has reconocido también, al verme,
y me has abierto las puertas de tu casa,
y hemos encendido la hoguera 
para calentarnos los huesos
juntos, como era nuestra costumbre.

En el coche

Llovía, como siempre
con esa constancia cansina,
sabiendo que el cielo entero es de agua
y las calles, diminutas,
dejaban correr riachuelos nerviosos hacia el mar.
En silencio, subíamos del mar hacia tu casa,
despidiéndonos de esa tarde, breve y hermosa,
como una promesa secreta.
Empecé a cantar y me mirabas,
dulce y tranquila,
el alma enamorada asomando en tu mirada.
Había algo íntimo en ese deslizarnos en la noche,
furtivos y heridos, dejándolo todo atrás,
un océano de deseos secretos.
Tu rezabas en silencio para que no terminara ese viaje
o para que lo prolongáramos hacia otros paisajes inmensos
que cubrieran la tierra hasta donde alcanzara nuestra mirada.
Y de pronto se paró todo,
el ruido constante y mecánico, el gemir de los charcos,
el rumor del viento y mi canto.
Cayó la venda de nuestros ojos
y fuimos dos seres diminutos e indefensos,
abrazándonos, locos náufragos sin asidero.
El tiempo, parado hacía casi un segundo,
volvió terco para imponer su tiranía.
Y saliste a la lluvia y a la noche,
pequeña mariposa herida,
llorando más que mil tormentas,
hasta perderte en la oscuridad.
Se nos murió la tarde entre los brazos,
tierna historia de todo lo inacabado.

Rocío

Ha llegado el rocío a los campos secos y asolados.
Se diría que esta primavera, lluviosa y fría,
ha querido dejarme, por sorpresa,
el anuncio alegre de una nueva vida.

Me han venido de pronto las prisas y he olvidado 
todos los horarios, apagando relojes,
abandonados en todos los rincones.
No queda espacio ya para casi nada.

Tú conoces cada rincón de mi alma,
que has hecho tuya por convicción y por derecho,
llenándola de cantos alegres, de cientos de risas,
de todas tus palabras nuevas, 
galopando libres como ráfagas de viento.

Y me voy acostumbrando a ti,
lentamente. Y donde todo era silencio
solo se escucha ya el murmullo de tu voz.
Me sorprenden las risas, donde reinaban los lutos.
Poco a poco, serás parte de todo esto.
Serás la casa, la hora esperada, 
serás la lumbre y el calor de la lumbre.
Y me acostumbraré al roce de tus manos,
que dejarán en las mías tu aroma tibio;
y beberé tu aliento y tu encanto,
con cada beso furtivo y con cada abrazo.

La primavera, caprichosa
ha querido hacerme un regalo.
Y como las flores al alba,
recibiré sediento este rocío temprano.

Domingo

En esta absurda tarde de domingo
todo parece durar de pronto un segundo.
El beso, el abrazo, un instante fugaz.
Tu risa, que aún recuerdo como antaño,
es ya un segundo del pasado.
El paseo junto al mar,
con las aves en silencio
y el aire congelado en las nubes,
blancas, como un brochazo sobre las colinas,
también me parece ahora un segundo tan solo.
Solamente tu dolor, amor mío,
resulta ahora eterno,
y las lágrimas que saltaban sobre tus mejillas
como si no fueran a desaparecer nunca.
Y mi soledad, también es eterna ahora.
Va recobrando todos sus reinos, 
irguiéndose vencedora
en una lucha desigual e injusta.
Como eterna me parece también esta distancia
que nos convierte en sombras, lejanos recuerdos
de una era gloriosa.
Ahora somos la nada absoluta, fría y estéril.
El eco sin vida, una simple añoranza.
Y sin embargo, no quiero renunciar a nada, ¡aún no!
¿Cómo podría ahora vivir de nuevo sin tu risa?
No, ya no puedo. Mis fuerzas,
las que aún resisten, me empujan todavía a ti.
Pero no sé contra qué lucho,
me has dejado sin meta ni enemigo.
Siento que debo salvarte, amor mío,
y en ello empeñaré mi vida.
Siento frío, de repente,
no escucho más que gemidos,
y la noche avanza, hambrienta,
dispuesta a comerse mi alma.
¿Quién puede resistir tanta hambre?
Espera, espera, no te vayas
aguarda, amor, amada, compañera.
no podría ya vivir de otra manera.

miércoles, 1 de junio de 2016

Mi vida sin ti

Me pregunto a menudo cómo habría sido mi vida a tu lado.
De dónde nos habrían llegado las risas,
o hacia qué rincones nos hubieran llevado los enfados.
¿Serías tan feliz como en estos instantes?
¿Habría aún un rincón oculto que descubrir?
Quiero creer que sí, y mucho más.
Tal vez tendríamos un mundo que escribir,
caminos secretos convertidos en cotidianos,
conciertos de música en penumbra,
junto al mar, que tanto añorabas.
Y juegos, siempre juegos,
decorando las paredes y cubriendo el tiempo,
sin necesidad de disimular nada,
sin vergüenza y sin memoria.
Conocería cada pliegue de tus manos
y el sonido de tu respiración
sería el compás de mis pasos.
Te imagino riéndote, saltando en los charcos,
corriendo contra el viento,
espantando nubes en verano.
Me pregunto a menudo cómo habría sido mi vida a tu lado,
y solo sé cómo ha sido cuando no has estado.

Descansa

Descansa, apoya tu cabeza
en la almohada y sueña.
Ha llegado el tiempo de las confidencias
y de los silencios. Tan callando.
Recorremos con la mirada
cada estante, cada rincón.
Toda fotografía y todo espacio.
Quitando el polvo y las telarañas
de las esquinas oscuras 
de todas las habitaciones.
Pero no te inquietes, descansa.
Deja que la brisa entre en tu casa.
La luz de la tarde, la música
invadirán cada estancia,
nuevas invitadas
a esta fiesta secreta e inesperada.
Y si algún día te llegaras 
a sentir cansada, 
¡descansa!, deja en mis hombros
toda pena, toda duda, toda carga.
Yo velaré tus sueños,
seré el guardián de tu cama.
Recogeré del suelo el fardo
y llevaré conmigo a cuestas
el sufrimiento de ambos.


El encuentro

Todo era blanco y distante,
todo era de agua en aquella mañana
de lluvia obstinada.
El tiempo, siempre él, insolente,
aferrado a mi cuello mientras te esperaba.
Y el miedo también,
todos los miedos del mundo,
en una botella de agua.
Y por fin apareciste tú,
con tu sonrisa perfecta
desplegada como una bandera blanca.
Y ya no supe hacer nada.
Me acogiste en tus brazos
y ahí perdí la vergüenza.
¿Murmurabas mi nombre?
No lo recuerdo, juraría que alguien lloraba. 
Y entonces ya no hubo nadie más,
solo la luz de tu mirada
abriéndose paso entre las sombras.
En ese mismo instante, sin remedio,
te convertiste en la dueña de mi alma.